Corazón

OM MANI PADME HUM

India, estalla una crisis monetaria transitoria, el gobierno del subcontinente indio como medida para dar un golpe a la economía informal de grandes proporciones aplica una especie de “corralito”, donde los billetes de 500 y 2000 rupias pierden valor hasta que entren en circulación los nuevos billetes, es así que se da una crisis de circulante y se llenan los bancos sumadas a largas filas en los cajeros automáticos, una aventura no contemplada para los foráneos que apostábamos por lograr el cambio de nuestras divisas o algún cajero automático que contara con efectivo.  Era curiosa aquella vez en McLeod Ganj, cerca de Dharamsala por los Himalaya de la India, ver parapetados a los monjes  en su característica postura de flexión leve en rojos y naranjas telares tendidos en sus cuerpos morenos y aceitunados, exponiendo rostros limpios, apacibles y divertidos,  siempre acompañados de algún apoyo ritual como un rosario o rueda de plegaria, en muchos casos repitiendo reiteradas veces en aquella voz naso –glotizada  suave el Om mani padme hum. Y así, mientras esperaban a que llegue el efectivo al cajero automático había un monje joven haciendo girar una pequeña Rueda Mani (rueda de plegaria) pronunciando, Om mani padme hum, Om mani padme hum, Om mani padme hum. Un hombre adulto, casi anciano en rostro decrépito, de cachetes levemente colgantes, blancoide o morenoide,  en pelo y barba breve y blanca,  seguramente hastiado de estar rodeado de tanta plegaria, (que posteriormente me entero que es ateo librepensador)  se acerca al monje y este le dice Om mani padme hum, cuya respuesta no se deja esperar para decirle “No, ¡no money padme hum!, no money”.  Y todos en la fila, monjes, paisanos y turistas nos rendimos ante la risa, y es así que el clima cambia, las personas se comunican, se miran, saludo a un monje, quien me dice y repite muchas veces happy,  me mira, sonríe y sigue happy happy happy, acariciando mis manos, mis codos y mis hombros, por un momento me niego, emerge cierto prejuicio, no acostumbro a tener tanto cariño de esa manera, pero el monje sigue con otro happy, y más caricias y me saluda de nuevo happy happy.  El Om mani padme hum  dio sus resultados.       
         
Una de las tantas traducciones o interpretaciones que me gusta del OM MANI PADME HUM  es “abro la flor de loto que habita en mi corazón” o “abro la joya sagrada de mi corazón”, muy usado en el mundo budista,  que contagia al Yoga y similares en su planteamiento. Suena poético, y bello abrir la flor de loto que habita en tu corazón, pero de manera objetiva a lo mejor es un monje que te acaricie repetidas veces mientras repita una de las pocas palabras bonitas que aprendió en clases de inglés de la casa cultural tibetana.

De ahí es que la traducción correcta del OM MANI PADME HUM tiene relación con derretir el témpano cardiaco, y obsequiar lo más sagrado y valioso que administras. Porque sí, es menester entender que no posees una joya en tu corazón ni una flor de loto ni persona,  ni cosas, eres un administrador de lo que transitoriamente te pertenece y  estás dispuesto o dispuesta a obsequiarlo.

Es en este punto que entendemos el concepto de puente, de Prathyahara, y enlazamos el equilibrio del océano de la transpersonalidad, de la epifanía suprema traducida en inmortalidad, con los manglares intermareales que nutren en viceversa con los discretos ríos de emoción y energía.

Por esto, las tecnologías del Yoga ofertan un punto intermedio, blanco o justo para sobrevivir a la metáfora del agua, esta que nos habla de mareas saladas, manglares y ríos dulces cuyo flujo organizado puede deberse a una adecuada canalización de las fuerzas humanas a las que nos exponemos.

Abrir el corazón, con tecnologías del Yoga, es negociar con la posibilidad intrínseca que te habilita para crecer y entender en tu naturaleza, la naturaleza del mundo, es aliviar la presión, liberar y aprender, activar el plexo cardiaco y las tantas posibilidades de organización de aquello que llamamos amor como principio de cohesión  y libertad, como principio de expansión.

El tema es tan amplio, que la mejor manera de resumirlo es a manera de poesía, en metáforas almacenadas bajo códigos sagrados cuya comprensión plena repose en la intuición, anatómicamente hablando al parecer es en el lóbulo prefrontal, continuando posterior la apófisis crista galli del hueso etmoides, ese espacio al que en prácticas de Yoga recurrimos cuando se insiste en prestar especial atención al entrecejo, Shambhavi Mudra, ahí y a veces un poco más posterior como en kechari mudra, o sobre la silla turca del esfenoides en la glándula hipofisiaria que relaciona al hipotálamo en el sistema hipotalamohipofisiario regulando la secreción de importantes hormonas del sistema endocrino y asociando información con estructuras superiores del Sistema Nervioso Central como el mesencéfalo, el sistema límbico y el cerebelo.

Pero no quiero circunscribirme a la anatomía y explicar los complejos mecanismos de la intuición desde una descripción topográfica de una pequeña parte de nuestro cuerpo, y tampoco desde la neurofisiología, ambas materias son apoyos, una especie de cimentación que ayudará a comprender la estructura y tal vez, algo de las posibilidades del decorado.

Es este sistema intuitivo quien va a completar la comprensión de las cosas y es también quien va a permitir que este sistema de desatado de los nudos emocionales sean posibles, porque cuando hablo de Yoga, estoy hablando de muchas cosas, en sí la sola palabra es una caja de un sinnúmero de contenidos, suena a metáfora, y al sonar a metáfora suena a poesía, la palabra sola y los tantos términos que la acompañan.


Viaje

Viajar es transformar, esta transformación inicia por la adaptación a formas diferentes, en carácter, comida, temperatura, biología, topografía, etc. Construcciones físicas y del alma que siempre tienen algo que decir, y por esto viajamos, para escarbar los orígenes de nuestra existencia al visitar una historia muy antigua de nuestro planeta, o para encontrar una respuesta a la perpetua curiosidad que nos caracteriza, viajar, pasear, respirar un nuevo aire le hace bien al cerebro, desarrolla nuevas conexiones cerebrales, construye redes sinápticas nuevas y nos hace más sabedores de nuestro entorno y de nosotros mismos. Siglos atrás se respetaba mucho a un viajero, y claro, las condiciones eran diferentes, había que afrontar muchos desafíos y amenazas, climas diversos, fieras, enfermedades, cansancio, hambre, sed, y, la inevitable posibilidad de morir asesinado, por esto es que para viajar no solo se requería habilidades físicas excepcionales, si no también capacidades sociales, emocionales, intuitivas, cognoscitivas, medicinales, abrir la mente y el corazón a estructuras sociales y culturas a lo mejor totalmente diferentes a la habitual.

Por esto, hasta hoy en día el viajar entusiasma a la mayoría de las personas, debido a que nuestro anecdotario engrosa, y eso significa que engordamos el conocimiento y el conjunto de experiencias aquel que nos acerca a la sabiduría, y sí, viajar no sólo es lindo, es también de sabios.

Por esto, recuerdo muchos viajes, historias llamadas por ejemplo lago Titikaka, Salar de Uyuni y Parque Nacional Eduardo Avaroa. Y como tantos lugares, el nombre dice poco del espectro inmenso de intensidades que puedan vibrar en los huesos y el palpitar cotidiano, desde la simple admiración y sorpresa ante la magnitud inigualable, hasta la vivencia de la trascendencia, que, por aquellos lugares fue posible, aplicando la fórmula de estar atentos, y  para tal, usamos la meditación y algunas prácticas de profundidad y conexión que pueden percibirse adentro y en conexión, a por ejemplo, un antiguo templo dedicado a lo femenino frente a las aguas navegables más altas del mundo, o al lado de un cactus centenario sobre rocas volcánicas y corales petrificados en una isla en medio del desierto de sal más grande del planeta, o frente a una montaña reflejada en el rojo intenso de la laguna que se tiñe así todo el año recibiendo flamencos de diversas variedades, o atravesando un desierto idéntico a un cuadro de Salvador Dalí, u oleajes de lava que cedieron su calor en formas únicas e irrepetibles, que nos cuentan algo que va más lejos de la historia de la humanidad y es la historia de la vida misma, y de esta nuestra casa llamada planeta y en esta historia que insistimos en llamarla vida.  Piedras con personalidad y sabiduría, lagunas de colores, montañas empapadas de misterios y lo inexplicable, que hicieron del desplazamiento aquel, una travesía, donde el cuerpo es sólo un medio y la experiencia se concentra ante nuevos desafíos de la conciencia que expande sus posibilidades y saludaba con profundo respeto y reverencia a la ruta de Thunupa.

Pero este es sólo un ejemplo de muchos y tantos parajes que en un nivel superfluo alimentaron mis sentidos, pero en el nivel aquel que tiene que ver con el origen de todas las cosas, puedo afirmar con claridad que entiendo la frase irresuelta de “nutrir el alma”. Y si, el alma es como el sistema digestivo, como un estómago que digiere, asimila y expulsa y luego tendrá sed y hambre de experiencias nuevas que la renueven. El ostracismo conduce a un raquitismo energético donde la pobreza de sinapsis neuronales se verán reflejadas en ejércitos de cuerpos vacíos de carácter y llenos de una absurda obediencia al miedo. La quietud cobra valor, al lado del movimiento: Yoga.

Por esto, viajar fuera se equilibra con viajar dentro, descender los párpados a voluntad y percibir lo que sucede en la piel y en los tejidos profundos, viajar fuera es una fotografía, pero viajar dentro es una representación, donde imagen e interpretación coadyuvan en este proceso de desarrollo permanente y perpetuo, al final de cuentas, estamos de paso.

Viajar, a veces puede estar representado con algo tan simple como cambiar de barrio, de institución educativa, oficio u oficina, mudar es crecer siempre en la variedad multitudinaria de las posibilidades del vivir y el existir, la diferencia radica en la calidad y claridad que el movimiento signifique, me explico: Todo movimiento almacena implícito la posibilidad de desarrollo, y depende de la cualidad del mismo, un movimiento de cualidad física dará un resultado físico, pero si agrego una cualidad energética, mental e incluso transpersonal entonces nos adentramos en la riqueza integral del movimiento, del moverse, mudar y viajar.

Por esto es que viajar, es despertar y despertar es abrirse a la luz nueva de todos los días y todas las noches,  otra vez: Samadhi.