Viajar es transformar, esta transformación inicia por la adaptación a formas diferentes, en carácter, comida, temperatura, biología, topografía, etc. Construcciones físicas y del alma que siempre tienen algo que decir, y por esto viajamos, para escarbar los orígenes de nuestra existencia al visitar una historia muy antigua de nuestro planeta, o para encontrar una respuesta a la perpetua curiosidad que nos caracteriza, viajar, pasear, respirar un nuevo aire le hace bien al cerebro, desarrolla nuevas conexiones cerebrales, construye redes sinápticas nuevas y nos hace más sabedores de nuestro entorno y de nosotros mismos. Siglos atrás se respetaba mucho a un viajero, y claro, las condiciones eran diferentes, había que afrontar muchos desafíos y amenazas, climas diversos, fieras, enfermedades, cansancio, hambre, sed, y, la inevitable posibilidad de morir asesinado, por esto es que para viajar no solo se requería habilidades físicas excepcionales, si no también capacidades sociales, emocionales, intuitivas, cognoscitivas, medicinales, abrir la mente y el corazón a estructuras sociales y culturas a lo mejor totalmente diferentes a la habitual.
Por esto, hasta hoy en día el viajar entusiasma a la mayoría de las personas, debido a que nuestro anecdotario engrosa, y eso significa que engordamos el conocimiento y el conjunto de experiencias aquel que nos acerca a la sabiduría, y sí, viajar no sólo es lindo, es también de sabios.
Por esto, recuerdo muchos viajes, historias llamadas por ejemplo lago Titikaka, Salar de Uyuni y Parque Nacional Eduardo Avaroa. Y como tantos lugares, el nombre dice poco del espectro inmenso de intensidades que puedan vibrar en los huesos y el palpitar cotidiano, desde la simple admiración y sorpresa ante la magnitud inigualable, hasta la vivencia de la trascendencia, que, por aquellos lugares fue posible, aplicando la fórmula de estar atentos, y para tal, usamos la meditación y algunas prácticas de profundidad y conexión que pueden percibirse adentro y en conexión, a por ejemplo, un antiguo templo dedicado a lo femenino frente a las aguas navegables más altas del mundo, o al lado de un cactus centenario sobre rocas volcánicas y corales petrificados en una isla en medio del desierto de sal más grande del planeta, o frente a una montaña reflejada en el rojo intenso de la laguna que se tiñe así todo el año recibiendo flamencos de diversas variedades, o atravesando un desierto idéntico a un cuadro de Salvador Dalí, u oleajes de lava que cedieron su calor en formas únicas e irrepetibles, que nos cuentan algo que va más lejos de la historia de la humanidad y es la historia de la vida misma, y de esta nuestra casa llamada planeta y en esta historia que insistimos en llamarla vida. Piedras con personalidad y sabiduría, lagunas de colores, montañas empapadas de misterios y lo inexplicable, que hicieron del desplazamiento aquel, una travesía, donde el cuerpo es sólo un medio y la experiencia se concentra ante nuevos desafíos de la conciencia que expande sus posibilidades y saludaba con profundo respeto y reverencia a la ruta de Thunupa.
Pero este es sólo un ejemplo de muchos y tantos parajes que en un nivel superfluo alimentaron mis sentidos, pero en el nivel aquel que tiene que ver con el origen de todas las cosas, puedo afirmar con claridad que entiendo la frase irresuelta de “nutrir el alma”. Y si, el alma es como el sistema digestivo, como un estómago que digiere, asimila y expulsa y luego tendrá sed y hambre de experiencias nuevas que la renueven. El ostracismo conduce a un raquitismo energético donde la pobreza de sinapsis neuronales se verán reflejadas en ejércitos de cuerpos vacíos de carácter y llenos de una absurda obediencia al miedo. La quietud cobra valor, al lado del movimiento: Yoga.
Por esto, viajar fuera se equilibra con viajar dentro, descender los párpados a voluntad y percibir lo que sucede en la piel y en los tejidos profundos, viajar fuera es una fotografía, pero viajar dentro es una representación, donde imagen e interpretación coadyuvan en este proceso de desarrollo permanente y perpetuo, al final de cuentas, estamos de paso.
Viajar, a veces puede estar representado con algo tan simple como cambiar de barrio, de institución educativa, oficio u oficina, mudar es crecer siempre en la variedad multitudinaria de las posibilidades del vivir y el existir, la diferencia radica en la calidad y claridad que el movimiento signifique, me explico: Todo movimiento almacena implícito la posibilidad de desarrollo, y depende de la cualidad del mismo, un movimiento de cualidad física dará un resultado físico, pero si agrego una cualidad energética, mental e incluso transpersonal entonces nos adentramos en la riqueza integral del movimiento, del moverse, mudar y viajar.
Por esto es que viajar, es despertar y despertar es abrirse a la luz nueva de todos los días y todas las noches, otra vez: Samadhi.
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