Dicha


Un consultorio almacena una carga simbólica, en unos pocos minutos rutas completas de vida son modificadas, así como destinos de todo tipo, ahí el representante del misterio de la vida, en bata blanca y manos limpias redacta notas legibles a su gremio, inhala corto y tras una breve, sonora y rápida exhalación, el Dr. Fablet mira a Antonio al tiempo que suelta el bolígrafo y junta sus dedos sobre el escritorio para decir: 

Dr. Fablet:   Arregle sus cosas

Antonio:      … ¿cuánto tiempo ­?

Dr. Fablet:   No sabemos, si dos meses, dos semanas o dos días, cualquier momento, arregle sus cosas, lo antes posible.

En aquel rostro pétreo, con un dejo de calor en el fondo de sus ojos el médico galo, con fría determinación aplica el sello sonoro en un papel de receta PHASE TERMINALE (desahuciado).

Es así que Antonio, en facies pálida, avanza en su silla de ruedas a tramitar el documento que lo etiqueta como oficialmente desahuciado por enfermedad de Behcet terminal, un mal que se cree es autoinmune, de por vida y con episodios de remisión, pero por el estado de la enfermedad (de Antonio), esa remisión era impensable.

Antonio, había aterrizado hace unos pocos años en París, dejando un padre con metástasis en La Paz, quien, tras ver la hoja de aceptación a becario y comprar su pasaje a Europa le dijo: “Una sola vez en la vida se presenta una oportunidad, y si no la aprovechas, nunca más regresa”, le dijo y nunca más lo volvió a ver. Y fue así que Antonio llega al Charles de Gaulle Airport (aeropuerto de París), sin saber el idioma y con un letrero escrito en francés que una azafata le colgó al cuello,  decía algo así como: “Soy un estudiante sudamericano recién llegado, por favor si me puede alguien ayudar a llegar a la Universidad de París V René Descartes”.

El joven becario se levantaba diariamente 04:00 am, una Baggette más un pedazo de queso le tendrían que aguantar el día (su beca no incluía vivienda y alimentación), y  sí, pasó hambre, frío y trabajaba bajo presión hasta que comenzó a mejorar un poco su situación y a los pocos años empezaron los síntomas,  erupciones en la boca, problemas digestivos, dolores articulares, llagas en el cuerpo, ardor, poco a poco, impotencia funcional hasta llegar al pasillo de aquel Assistance Publique Hospitaux de Paris en una silla de ruedas pensando en las cosas que tendría que alistar antes de fallecer y es así que un dejo de sonrisa dibujó su rostro y dijo para sí, “si he de morir, que sea cogiendo”.

Tras arduo trabajo en aquellos años de becario y luego docente, había ahorrado alrededor de 50.000 euros. Entró a una agencia de viajes, pidió un pasaje y comenzó la aventura en Grecia, lindos hoteles, comida gourmet, lujos, viajes, ¿unas tapas en la calle por 8 o 12 euros? ¿Y si mañana muero? Mejor unas trufas en aquel lindo restauran con un buen vino.

Aquel documento de desahuciado le fue de mucha utilidad, le daban habitaciones privilegiadas en los hoteles, asientos de primera clase en los aviones, primera fila de cortesía en los más solicitados conciertos, más la atención y consideración extrema de todo el personal de apoyo donde vaya o paquete turístico que tome. Y es así que tres meses después en el Lloyd Hotel de Amsterdam se acerca  al mostrador para decirles “ya me voy, pero me quedé sin dinero, no tengo para pagar la cuenta de estos 10 días que estuve en su hotel”. El encargado del hotel tras un breve silencio le dice, -no hay problema- y llama al botones para que le acompañe al taxi.

Llegó a Paris sin silla de ruedas, con un bastón que poco tiempo después no lo necesitó más, la enfermedad había remitido.

Antonio: ¿qué me curó?
Respuesta: fuiste feliz, es todo




La dicha es una posibilidad permanente, puedo elegir desarrollarla, así como esconderla en un espacio  oscuro del cuerpo, engrosar la fascia hasta que duela y sufrir. El gozo, la dicha, ananda es uno de los ingredientes de la Iluminación, y es que las experiencias sublimes humanas no pueden contener dolor o sufrimiento, siempre es con plenitud, con la plétora que la felicidad provoque. Aunque también, no hay alivio sin un dolor que lo preceda, el dolor es parte del cotidiano, la comodidad o incomodidad es una cuestión sensorial,  de cuerpos que sienten, se acomodan o incomodan, por esto el malestar o el bienestar es transitorio, así como la felicidad o la tristeza. 

Por esto uso la palabra dicha, plenitud o gracia, ya que tristeza o alegría no son estados permanentes, son contenidos transitorios y eventuales, que corresponden al ciclo de todos los días, hoy estoy feliz, mañana triste y después depende de lo que busque y ocurra. Y aquí me detengo, en lo que busque y en lo que ocurra que son ambas variables importantes para llegar al resultado que sea sentir felicidad o malestar y tristeza.

Las dos variables. Lo que busque, lo que mire, lo que elija, por ejemplo una reunión o fiesta, en la que elijo un amigo o amiga. Ha ocurrido algo, una especie de destino que ha hecho que la otra persona esté en ese preciso lugar y espacio a esa hora, pero yo elijo si me acercaré a hablar a tal persona, o acepte su presencia. Una amistad en un grupo de estudiantes se da por elección, lo que ocurre es que haya la causalidad que determinadas personas se hallen en el mismo lugar, materia o salón de clase, incluso en las asociaciones por decir,  virtuales, juegan ambos componentes, la circunstancia y la elección.

Tristeza, alegría  y otra vez el enojo, y otra vez se siente bien y otra vez se siente feo, también es samsara, la rueda interminable de vidas, muertes y sentires. Inacabable rueda de ciclos emocionales, estos que en el devenir incrementan para caer de nuevo. 

Me gusta la palabra ananada, traducida como gozo, yo me prestaría un término teológico para darle una traducción más cercana: GRACIA, fortalecida y organizada por San Agustín esta expresión que tiene que ver con esa sorpresa que sentimos al vernos empapados ante tanta belleza por lo vivo, animado o inanimado, un bebé provoca un estado de gracia natural, un cachorro, un bosque, esa gracia de sorprendernos por la vida misma. Claro que San Agustín separa la gracia divina de la gracia natural, de un pelagianismo (confiar en la bondad y gracia de la naturaleza humana, considerado herético por la religión católica) con el amor a Dios.

Es así que podemos hallar diferentes niveles del bienestar, transitorios, perpetuos, superficiales, profundos y diversos términos que ayuden a identificar de qué tipo, nivel o clase de bienestar estamos hablando.

Por esto recalco que ahora me refiero al bienestar profundo y perpetuo, sólido, flexible e imborrable, ese que al escribirse en el alma es indeleble y permanece a perpetuidad mutando y contagiando en los cuerpos sedientos de alegría. 

Sí, es felicidad profunda y perpetua, un estado de gozo y gracia eterna, similar a la de San Agustín  que obliga separar o extraer con el dolor la gracia divina y otorgar al mártir un contenido irrefutable a su estado de gracia. No deseo a nadie el dolor, pero sí les deseo a todos la gracia y el aprendizaje de haberlo superado.



Por esto, al referirme a la dicha, me refiero a muchas cosas, por ejemplo un cuerpo que goza, una mente paradójicamente tranquila y alerta, quieta y vivaz, más un alma plena, cuyo conjunto de bienestares sumarán ananda, que es todo, afuera, adentro y la periferia. La dicha no es cosa de meter aire profundo y forzar la actitud y el carácter hacia un paraíso, no lo es, pero es un primer paso, es también sentarse en quietud y silencio muchas horas, es  reconocer el cuerpo, que el cerebro dialogue con los músculos y la voz se eleve y afine, es todo un entrenamiento de cuidar lo que se masca, se huele, se habla y se mira. La lengua es una de las herramientas de la alegría, que puede ser falsa o verdadera, de plástico o de materia orgánica y viva, esa jugosa que nos hace reír tanto.

Y, ¿qué pasó con Antonio?
Fue feliz y lo sigue siendo, soltó y aprendió a relajarse ante la tensión cotidiana, aprendió a decir las cosas sin temor. Vive, a veces una llaga, otra un transitorio dolor articular, el mal no remitió del todo, pero vive, tras aquel encuentro con la plenitud que le salió tan caro, con aquel dinero que  viene se va y se volverá a ir para regresar.

La felicidad sana, la química de la dicha fortalece el sistema inmunológico, regula el sistema endócrino y va creciendo la sensación de inmortalidad con la consecuente disminución del  temor a fenecer. Al otorgar fuerza, poder a la muerte es que emerge el sufrimiento, la parte doliente del mundo tiene que ver con esta aprehensión a la muerte, a esta aparente delimitación entre vivir y morir, donde la muerte acaba con la vida y se acaba todo.

En cambio, si la muerte me deja de importar, si tengo más vidas por delante, o al menos una vida eterna y ciclos de ciclos, evidentemente la carga existencial es menor y se sufre menos.

Incorporar la inmortalidad como una convicción ayuda a esta idea de dicha, de felicidad, debido a que nada importa tanto, dejamos de luchar por sobrevivir y nos ocupamos en desarrollar nuestras capacidades y posibilidades, y esto es pasar a través de, es decir: trascender. Mirar el momento pasar con extrema lentitud y así vivir en dicha y gracia.  Iluminación.


5 comentarios:

Unknown dijo...

Hermosa cosecha, me encantó saber de Ananda! Y de cómo vivess la vida, asi, cómo las oportunidades! La tomas o la dejas, no regresa a ti, es en ese momento! Ananda estado de santosha! Vivir saludablemente! Muchas gracias Gabriel Arazola, fisioterapeuta,maestro de yoga,escritor y filósofo! Que tú y tu familia se encuentren muy bien! Saludos para Bolivia! Desde la Ciudad de México.

Unknown dijo...

Muchas gracias por compartir tu sabiduría, Gabriel! 🙏
Un gran abrazo, desde Monterrey, N.L, México

Unknown dijo...

Gracias Gabo, a través del Yoga descubrimos muchos potenciales que tenemos cubiertos, o dormidos.
Transitar por la vida a veces es compñicado para algunos, pero cuando descubres o sacas el velo y te permites mirar la vida en plenitud, viviendo en esa dicha del gozo de la vida todo cambia, hay sanidad desde el espiritu, todo fluye, todo es Paz y agradecimiento.
Me encantó lo escrito, seguiré paladeándolo. Un abrazo

Gabriel Arrázola dijo...

Gracias! Bellas palabras, un abrazo grande hasta México que lo quiero.

Gabriel Arrázola dijo...

Y asi es, gracias igualmente y a tan regia tierra. Un abrazo.

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