Los colores del té


Los colores del té, son como los tonos indiscretos de la homogeneidad, se disuelven como las miradas del calor en el vapor que exhala la sequedad de su aroma metálico en una delgada línea de hierbas que  lo sostiene.

El negrizco y rojizo de los tes clásicos me causan estrés, los he asociado con una mujer,  que al beberlo sistemática, metódica y cotidianamente me mira inquieta en su afán agresivo por defenderse de aquella vena irascible y contenida, con pausas de sosiego ante el agua quieta, humeante y cobriza que reposa en el estado gaseoso e irregular en sus semicírculos que serpentean tibios, calentando el olfato al momento de despertar su sensibilidad,  cuya quietud al primer sorbo es una reverencia apóstata.

Los tonos del té son todos iguales, llámese verde, rojo, negro o marrón. Son un símil de las terracotas inconclusas, como si tuvieran el polvo del tiempo y la sequedad de los desérticos climas, donde humedecen los  esófagos al beberlo ante el areo paisaje. Es sorprendente lo que sucede cuando el agua caliente hace una cascada que aviva la hierba deshidratada cual momia que toma vida, cuerpo y color.

Y así es aquel antiguo estimulante que alguna vez hace de mi carne una hidratación sometida a la insensibilidad, tomarlo es sentir para dejar de sentir. Una especie de remedio esporádico que usualmente lo rechazo, pero cuando aparece y se hace necesario me convierto en aquel ser invencible que lo puede todo, en un personaje de cobre y sangre que no transpira aunque el calor arda en la tórrida humedad.

Los colores del té no se ven a colores, son desechos del tiempo que almacenan un misterio antiguo y nuevo, resultado de esfuerzos repetidos en líneas de centurias , independientemente de la vasija, tasa, tetera, o envase, el resultado es similar: la vida después de la sequedad con el agua caliente.

Y, aunque un principio de empoderamiento tradicional, antiguo y profundo haga que rechace las versiones más estimulantes, de vez en cuando su presencia cotidiana y antigua me traslada a un tren poblado en un amanecer frío, en ritmo lento de una población impronunciable del norte de la India. Los gritos guturales, agudos y vociferantes que anuncian el chai, cuyo nombre al vibrar calientan en azúcar, leche, cúrcuma, nuez moscada, canela, clavo, te negro y cardamono las gargantas delgadas en una acción contemplativa en cada sorbo. Así como la acción determinante de un giro prono y artístico de muñecas cuando una de las dos jarras con el contenido caliente asciende y desciende sobre una tasa sin oreja en Turquía, y otra vez, la meditación en cada sorbo que arde y la plática que enciende en sonrisas y el mundo se detiene para avanzar con la fuerza en cobre rubicundo de esas hojas y el liquido en ebullición irregular.
De esta manera, rechazo el té, pero lo admiro, como las tantas vidas y muertes con contenido que no me pertenecen, que se esmeran por demostrarme lo inacabable en un mundo paradójicamente digesto e indigesto, con plantas mágicas de uso masivo que le dan color a las vidas deshidratadas y son la fuerza del mundo cuando su consumo es meditativo en una contemplación simultánea con el calor reflexivo que honra la supremacía de la perpetuidad sobre el tiempo.

De esta manera, admiro al té desde lejos, me gusta mirarlo junto a los rostros inquietos que descienden la mirada y apaciguan la piel ante el fulgor verbenáceo de los colores que imitan el escarlata diluido, reproduciendo una y otra vez la pausa meditativa, un silencio incompleto cuando la bulla continúa.

Lo admiro de nuevo por su cualidad meditativa, preparar, servir y beber exige silencios breves, como el silencio de la espera a que el agua genere ebulliciones, el otro silencio a que colore, a veces, otro más a que la temperatura sea digerible y el ultimo silencio, aquel que marca una pausa aparentemente presidida por un conjunto de papilas gustativas, cuya información alcanza las regiones mas remotas del cerebro sobretodo cuando el silencio insiste en lograr la profundidad humana. 

Reitero que hay formas y colores del té que los evito, tal vez por que sean un remedio activo para algunos signos de enfermedades indescriptibles, como el sueño, el frió y el cansancio psicológico, o para cuando se tenga el estomago simbólicamente vacío. Repito que hay horarios indiscretos para unir al té con aquello que entendamos por alma, pero son solo colores, cuya vida se renueva con las meditaciones múltiples de quien reposa los labios en el agua caliente, para representar aquello que va mas allá de una pausa.  

1 comentario:

Unknown dijo...

Amé toda la poesia sobretodo la quinta estrofa. La saboree como ese chocolate q no recuerdo su nombre

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