Meditar frente al mar es un problema, porque en la meditación
soy yo el protagonista de la intensidad, pero ese espectáculo constante de
aguas inacabables que juegan al rugido y a la inmensidad, esos paisajes
infinitos, y la insignificante presencia
de mis ojos, entre tantas otras superioridades. Hacen, que el
protagonista de la profundidad deje de habitar entre mi superficie y mis
pensamientos, y sea el agua y su misteriosa vida la que vaya a competir con el
acierto de sentarme en el pedregal que hace de las olas una protesta, y todo lo
que exista a partir de ahí sea la fuerza indomable que no siempre miramos, y la vida abundante, poco visible y
escurridiza cuya ley es interrumpida por
el hambre del paladar y la pesca.
Hay dos cosas que se pueden mirar en el mar, una es la vida y
la otra es la muerte. Quienes miran la vida a lo mejor ven riqueza o
abundancia, podrán mirar plenitud y una fuente inacabable de favores. El movimiento indiscutible que delata la
existencia de la vida silente y activa.
Pero también, algunos miramos la muerte y la tragedia, porque es inevitable ver que el mar tiene
hambre, come, y quienquiera que se descuide aportará a su sabor salado y a su
misterio. La fuerza ruidosa de las olas
y a veces las piedras que al ser azotadas reproducen el leve eco que
incrementan las vocales que podríamos identificar en una península, acantilado
o rocas inamovibles ante la furia.
Redimo la perpetuidad en la dialéctica de vida y muerte. Espectáculo
constante de aguas que revoltosas o tranquilas
protagonizan el escenario de la contemplación y hacen que la meditación
y la quietud como un refugio se vean interrumpidos por la reflexión.
Por eso, insisto que el mar es un artero de mi silencio
profundo, me zambullo en sus aguas, me revuelco en su furia y reposo en su
calma, bebo de su sal mientras me distraen los diálogos antagónicos que la
inmensidad provoca.
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